24 nov 2010

Matasanos y otras especies

Habla Hermana Mayor.
Tenía yo un bisabuelo (que no lo era) que, de chica, me tenía encandilada. No era mi bisabuelo porque era, en realidad, un tío de mi madre. Pero resulta que yo le pregunté un día que, si él no era mi abuelo, qué me tocaba a mí. Bisabuelo, me dijo, soy tu bisabuelo, tú llámame así. Y así se quedó.
Cuenta la familia que eran uña y carne los dos hermanos, pero que, mientras mi abuelo, jurista de profesión, era serio, formal, diplomático y comedido hasta el hastío, su hermano, por el contrario, era jovial y bullanguero. Parece ser que se complementaban perfectamente en su tándem locura-cordura. Yo lo recuerdo alto, altísimo, delgado y con gafas, la piel fina y el pelo escaso, y me daba a mí el aire de miembro de la Generación del 27, tanto en las fotos sepias del álbum (de joven en Figueira da Foz) como en sus últimos años.
Era también mi Bisabuelo el médico de la familia en mi primera infancia. Decían las abuelas y tías-abuelas que, cuando llegaba a su consulta, tenía ensayada una canción con sus pacientes, que lo esperaban en la puerta. Cuando alguien, un poco pasadito con el champán de Nochebuena, te recuerda la anécdota, no es raro que, en las fiestas familiares, se termine cantado a coro (y con el mismo soniquete con el que los niños antiguos repetían su lección): “Quién está aquí – el señor médico del seguro - ¿y a qué venimos? – a que nos pinche en el culo”. No sé exactamente si la historia es real o leyenda hipocrática, pero siempre la he oído, y como la oí la cuento.

Como es profesión hereditaria, fue su hijo después quién siguió siendo el médico de todos nosotros. ¡Qué miedo me daba a mí verlo de niña! Le tocó al pobre ponerme todas las inyecciones de mi infancia, y, como era también alto, barbudo en aquellos gloriosos años 70, y venía armado de una jeringuilla, le tenía yo más miedo que a Mengele. Una vez me regaló un mechero rojo (me imagino que era lo único que llevaba encima) después de pincharme, y, desde entonces, siempre que me toca ponerme una inyección me acuerdo del mechero. Ha sido este tío mío nuestro médico hasta hace unos meses. Operaciones, sustos, huesos rotos… no se ha perdido nada en estos años. Ni nuestro, ni de sus otros pacientes. Pero tiene sus reglas la maquinaria administrativa y, aunque no estaba muy de acuerdo con la idea (según me han dicho), le ha tocado, para desconsuelo de su parroquia, jubilarse.

Y buena nos la ha hecho. Me fui yo, hace un par de días, con fiebre y con un dado a arreglar mi limbo sanitario. Acudí al centro de salud que me correspondía a solicitar un médico. Cualquiera que pase hoy, dije, no conozco a ninguno. Tiene usted que elegir, señora. Pues, espérese que tire los dados, a ver, un cuatro, éste mismo. Ya vi yo en los ojos de la colega un puntito de burla conmiserativa, pero era tan amable y profesional, que no me iba a contar nada, por mucho que intentara yo tirarle de la lengua. En fin, que fui a ver a mi médico con la idea de que me curase esta gripe bendita y me diera los papeles de ponerme en paz con Dios y con la patria. Y no veas cómo moló. Esperando estoy que me cumplan los dos meses reglamentarios y pueda volver a coger el dado y cambiarme de matasanos. No he entendido nunca a los médicos ariscos. Ariscos, digo, hasta la ofensa. No tengo yo vocación de andar curando cuerpos, y tal vez no sea quién para hacer un juicio, pero no entiendo que, la persona que te tiene enfermo, indefenso, angustiado y medio-desnudo ante sus ojos, no sea siquiera capaz de mirarte a los tuyos y dirigirte una palabra cordial (basta con “por favor”) o media sonrisa.

Dice mi amiga del alma, galena de profesión (qué pena, petarda que no tengas consulta en el seguro), que en esta tierra abunda el Don Fulanito. Afortunadamente, no todos son así, pero tiene razón mi amiga. Que, por estas latitudes, sólo es Don el médico (y el abogado si me apuras). Y que están tan encumbrados los colegas, tan más allá del bien y el mal, que han perdido, en muchos casos, la noción del respeto básico al prójimo. Yo no sé cuántos habrá de esta guisa. Pero también es mala suerte que me haya tocado uno.

23 nov 2010

¿Quién quiere pasar frío?

La bufanda es uno de los complementos absolutamente imprescindibles en invierno, sobre todo si uno quiere que su garganta sobreviva a las inclemencias del tiempo.
Bufanda verde
Parece mentira que un objeto de diseño tan aparentemente trivial (una tira de lana de largo y ancho adecuados para envolver nuestro cuello) ofrezca tantas variantes y tantas posibilidades de mostrar creatividad. Hay bufandas de mayores, de niños, de hombre, de mujer... bufandas elegantes, de batalla, ornamentales, prácticas hasta la ofensa... las hay capaces de hacerte sudar la gota gorda, o que pican y pican y te meten pelitos por la nariz... las hay horribles y preciosas. En fin, ¿quién no ha llevado alguna alguna vez?

Bufanda azul (detalle)

Las que os presentamos aquí son obra de Ana. Están diseñadas para mujeres o niñas, y son una esfervescencia de volantes acogedores, que invitan a bailar y arroparte con ellos. Tienen un algo de boa de charlestón y un puntito aflamencado.
Bufanda verde (detalle)
Ana se coloca sus gafas sobre la punta de la nariz y las teje completamente a mano. Y, además, tiene un montón de colores disponibles.
Bufanda azul (detalle)
¡Esperamos que os gusten!

16 nov 2010

Sorteo 10.000... y Navidad



¡Por fin hemos pasado la frontera de los 10.000!

Hace mucho tiempo que veníamos pensando que, al llegar a este número mágico, haríamos un sorteo de celebración. También teníamos en mente hacer un sorteo navideño. Es que siempre tenemos algo que celebrar, ¿no?
Bueno, pues hemos pasado las 10.000 visitas, y el sorteo no se puede demorar más. Sobre todo porque si lo dejamos para después de navidades la cosa va a quedar un poquito cutre. Y es que sorteamos uno de nuestros broches-camafeo de motivo navideño. Los dos son la reproducción de una acuarela de Hermana Menor, montados sobre metal, con cubierta de resina y lazo de tela. Esperemos que os gusten, porque están hechos con mucho, muchísimo amor.




Puedes elegir el que más te guste de los dos. Uno de ellos, en tonos tradicionales, con ramita de muérdago.



Y el otro más azul y suave que representa un cristal de nieve.


Repasamos las condiciones del sorteo

1. Imprescindible ser seguidor de nuestro blog.


2. En el caso de tener blog, no es imprescindible que anunciéis nuestro sorteo, pero aquellos que lo hagan tendrán doble participación en este (en este caso avisad cuando os apuntéis y poner el link para que sea más sencillo para nosotras)


3. La forma de participar es la habitual: habrá que dejar un comentario en este post apuntándose, y dejando una dirección de e-mail de contacto.


4. El sorteo se realizará el viernes día 12 de diciembre (salvo contratiempos).


5. La fecha límite para apuntarse es el día 10 de diciembre a las 24h.Y el día 12 de diciembre publicaremos el ganador.


6. Por razones de envío, sólo podrán participar personas que vivan en la Unión Europea. De todas formas si no es vuestro caso y estáis interesados mandad un e-mail para ver si podemos solucionarlo de alguna forma.


7. El ganador podrá elegir entre uno de los dos broches que os presentamos.



Y que tengáis suerte y ¡felices pascuas!

11 nov 2010

The Black Rider: November

Habla Hermana Mayor.
Mi primer trabajo serio, con contrato y nómina, fue el de azafata en el Teatro Central, durante la ya añeja Expo´92. No voy a decir que fuera exactamente el trabajo de mi vida, pero estoy obligada a confesar que fue un trabajo de escándalo, sobre todo para una estudiante como era yo entonces. Sólo trabajábamos las noches en las que había función (unas tres o cuatro a la semana), y sobre los cometidos no puede decirse que fueran para deslomarla a una: organizar un poco a la gente, abrir y cerrar las puertas, apagar luces… Y disfrutar del espectáculo siempre que lo deseábamos.
De todos aquellos espectáculos, recuerdo algunos con auténtico encanto y admiración. Uno de ellos fue The Black Rider, que, sencillamente, me dejó con la boca abierta. De él me impactó la música, el punto de tétrico cabaré que rodeaba a la historia, el desasosiego de la iluminación, las coreografías destartaladas, y los logros del vestuario y el maquillaje. Recuerdo que andaba yo trasteando por las tramoyas cuando me encontré de frente con uno de los actores en modelito de andar por las tablas. Semejante encuentro se me hizo a mí algo así como el mismísimo Fantasma de la ópera bajando una escalera interior. Pegué un alarido tal que las luces oscilaron. De nada sirvió que el pobre actor que iba dentro de aquella máscara se acercara a mí intentando calmarme con toda una verborrea en alemán, recordándome que él no era sino una pieza más en aquel mecanismo carnavalesco. Por el contrario, sus intentos no hacían sino empeorar la situación que iba quedando en unas dramáticas tablas: él se esforzaba por convencerme mientras yo luchaba con todas mis fuerzas contra la angina de pecho.

En aquel entonces, no había oído en mi vida hablar de Tom Waits, pero no se me olvidará la impresión que produjo en mí acompañarlo a su palco a él y a su séquito. Venía el colega envuelto en un aire gótico (antes de que los aires góticos estuviesen a la orden del día) que nada más mirarlo hacía sonar la Tocata y Fuga de Bach, acompañado de dos valquirias rubias de rasgos y caderas grandes. Pero lo mejor de su honorable compaña eran los niños: dos criaturas sacaditas del álbum de fotos de la familia Monster. Un chico moreno perfectamente vestido con traje negro, repeinado hacia atrás con brillantina, y una etérea hadita, pálida y transparente, dentro de un liviano vestido de gasa blanca, y un chal negro bordado todo él en calaveritas blancas cubriéndole los hombros. Es para comprender que, después de haber visto a toda aquella corte, impactantes novedades como Piratas del Caribe, La Novia Cadáver o El Señor de los Anillos a mí me hayan causado una cierta sensación de “deyavú”. Y es que a veces parece que no hay nada nuevo bajo el sol.
Valga esta evocación introductoria para dejar constancia de un poema (además de canción) que no podía olvidarme de compartir durante este mes. Señoras y señores, con ustedes, de The Black Ryder, November:


No shadow
no stars
no moon
no cars
November
it only believes
in a pile of dead leaves
and a moon
that's the color of bone

No prayers for November
to linger longer
stick your spoon in the wall
we'll slaughter them all

November has tied me
to an old dead tree
get word to April
to rescue me
November's cold chain

Made of wet boots and rain
and shiny black ravens
on chimney smoke lanes
November seems odd
you're my firing squad
November

With my hair slicked back
with carrion shellac
with the blood from a pheasant
and the bone from a hare

Tied to the branches
of a roebuck stag
left to wave in the timber
like a buck shot flag

Go away you rainsnout
go away blow your brains out
November

6 nov 2010

Un invitado descortés

Habla Hermana Mayor.
En principio, y debe de ser porque mi ciudad no está tomada por los visitantes, los periodistas y los cuerpos de seguridad del estado, la visita del Papa a mí me dejaba indiferente. No estaba entre mis proyectos el irme a gritar mi posición ni entre la fervorosa multitud creyente, ni entre la algarabía de los “yo-no-te-espero”. Una posturita insulsa, sin compromiso alguno, a fin de cuentas. Tal vez porque hace ya tiempo que opté por el camino de la concordia y la tolerancia, que bastante he protestado ya en mis años mozos. He seguido con frialdad las noticias en los medios, enterándome de cómo se ultimaban preparativos, qué pensaban los unos y los otros del acontecimiento, y compadeciéndome de esos pobres ciudadanos decentes a los que la organización no iba a permitir volver a su casa el domingo si salían de marcha el sábado. Sin faltar el respeto a las muchas, muchísimas personas que esperaban esta visita, servidora pensaba, con cierto alivio, que bueno, que menos mal que este papa no nos ha salido folclórico, que si le llegan a gustar los toros y las castañuelas, nos toca a nosotros que nos trasteen la vida aunque sea unas horitas.

Hace un rato he visto en el telediario algunas imágenes del papa en España. Antes de aterrizar, las primeras. Y la posturita tibia se me ha empezado a calentar, a pesar del talante tolerante que me vengo imponiendo desde que crece en mí la cordura propia de los años. Decía, en resumidas cuentas, el señor Dieciséis que la preocupante actitud laica de la España actual le recuerda inevitablemente a la que caracterizó la primera parte de la década de los 30. Y lo soltaba así, sin más, como quien va a tu casa y te dice: a ver si lavas las cortinas que parece que van a echar a andar solitas.
A mí me enseñaron en mi casa que cuando se va a la de los demás, soltar un sapo por la boca es la peor de las ofensas que se pueden infringir, porque se paga el esfuerzo, la hospitalidad, la amabilidad, la cortesía… con un mazazo de ingratitud capaz de noquear a cualquier anfitrión. Y eso, creo, vale para todos. Para el niño que va a comer a casa del compañero de banca, para el primer noviete al que invitan los horrorizados padres anhelando echar el ojo a ése-que-llama-tanto-últimamente, para los invitados a casa de unos amigos, a casa de un jefe o un empleado, para los compromisos desplazados en una ciudad lejos de la suya. Para cualquiera que sepa estar, que tenga un punto de nobleza en el corazón y unos modales "sufi" pelao y mondao. Tanto da que se sea Jefe de Estado como currito de a pié, se sea Agamenón o su porquero.

No quiero entrar en polémicas de las que se ha escrito y hablado de tantas formas, ni recordar que un buen puñado de católicos coherentes rechazan la visita de este papa hasta que se revisen ciertos puntos oscuros de la Iglesia que, por desgracia, son cada día más populares. No voy a cuestionar el tino de Roma eligiendo representantes que parecen competir para ver quién se enfrenta mejor a la renovación y el progreso. Ni soy tampoco nadie para andar enmendándole la plana a lo que el urbi manda hacer y decir a los púlpitos del orbe. Ni quiero ofender al huésped recordándole que, en su iglesia, los que parten el bacalao sí que recuerdan cada vez más a la época de la Inquisición. Pero eso sí, que nadie me toque a mí a mi República, que eso también son ganas de andar provocando al prójimo, oye. Que no cuestione en casa nuestro invitado los colores del salón, ni los de nuestra historia, porque su frase inconclusa deja en el aire el resto, que me da miedo y que viene a ser algo así como: “afortunadamente, este laicismo se arregló después, lástima que ahora lo estéis otra vez estropeando”. Que no nos venga nuestro huésped a cuestionar el menú, ni las leyes, ni los credos. Porque mi casa yo me la organizo, y la tuya te la ordenas tú, porque el laicismo actual, al igual que lo fue el de los años 30, es fruto del consenso de la mayoría.

Pero, sobre todo, porque la cortesía y la hospitalidad bien son merecedoras de otros pagos.

24 oct 2010

Víspera de la Noche de Todos los Santos

Habla Hermana Mayor.
Creo que fue en ET. Como todos los niños de mi generación acudí un día a la ineludible cita que todos tuvimos con él en la gran pantalla. La película me impresionó como a cualquiera de nosotros, creo, y me mantuvo en vilo hasta el glorioso final en el que su protagonista cabezón y de dedos luminosos es rescatado por el mismo cosmos que lo trajo. No creo que llorase, porque yo en mi infancia no era ni mucho menos tan llorona como ahora, pero tampoco puedo decir que me dejase indiferente. Pasé unas semanas enarbolando el dedo diciendo aquello de “mi casa”, “teléfono” (sin que me cayera del cielo ningún donut, que eso vino mucho después) y ahí terminó mi relación con el tierno alienígena.
Lo que no he podido olvidar, ni creo que podré hacerlo nunca, fue el shock que supuso para mí el descubrimiento de la fiesta de Halloween. Eso sí que me llenó la cabeza durante meses, y estuvo a punto de hacerme embarcar de polizona rumbo a los EEUU el octubre siguiente. Me pregunté, y desde entonces no he dejado de preguntarme, cómo nosotros podíamos vivir aquí, en este sobrio mundo del otro lado del Atlántico, sin tener una fiesta como aquella. Y es que las retinas se me llenaron de fantasmas, de brujas, de chuches, de disfraces más o menos terroríficos, de cementerios, de gusanos y arañas… Pero, por encima de todo, deseé una de aquellas calabazas luminosas que abrían sus fauces desdentadas de fuego naranja. La deseé tanto que, durante unos años, probé a hacerlas con todo lo que la naturaleza ponía a mi alcance en las diferentes épocas del año: calabazas, melones, sandías, calabacines, berenjenas… El doctor Frankestein hubiera palidecido de envidia al ver mis experimentos.

Luego, al ir creciendo, llegamos a la edad en la que había que renegar de los modelos capitalistas, especialmente de los EEUU, y yo, cuando tocaba, lo hice siempre con cierta sensación de Judas, ocultando que hubiera vendido por treinta calabazas encendidas cualquier protesta anti OTAN y aledaños. Menos mal que, entonces, nunca se supo. Después, poco a poco, la fiesta de Halloween empezó a filtrarse en la vieja Europa (de donde dicen algunos que era originaria) y se nos fue haciendo más familiar toda esta procesión de fantasmagoría que tampoco tiene nada que envidiar a la Santa Compaña.

Estando en la universidad, un buen amigo mío, que es mitad español mitad gringuito, y un excelente cocinero, nos invitó un día a la primera cena de Halloween a la que he asistido. Como plato fuerte, preparó una sopa de calabaza del sur de los EEUU, sacada de la revista “Country Living” que recibía su madre, que era una deliciosa bomba de calorías que yo cada año repito por estas fechas. No contento con aquello, se había animado con unos aperitivos que nunca podremos olvidar los comensales invitados a aquella cena. Resulta que, de su tierra natal, había traído su madre unas simientes de una variedad sureña de pimientos (de origen africano) llamados okras. Pero las okras, que se habían reproducido en su casa durante lustros, habían ido las pobres perdiendo su esencia autóctona, maleándose y adecuándose a la tierra, y avanzando en su metamorfosis hacia una suerte de alcachofa higochumbera que en nada se parecía a la especie original. Aquello era, a fin de cuentas, una estropajosa bola de hilo que no había Dios que se la comiera, que te pinchaba hasta los dientes y que, para ser tragada, necesitaba de una buena cantidad de agua y no menos disciplina. Pero nosotros, que sí, que seríamos anti-todo, pero que estábamos una jartá de bien educaítos, nos callamos nuestras malheridas bocas, y seguimos disfrutando de aquellos pimientos que sabe Dios qué demonio de Halloween había puesto en nuestros platos, pensando en quién tendría el valor de decirle al cocinero: cómete tú las okras, guapo, que a mí me están atacando.
Y así las cosas, fue, paradojas de la vida, mi recatada hermana quien, haciendo acopio de toda la fortaleza de su interior para vencer el tabú de los modales y su propia timidez, dio el primer alarido y dijo: lo siento, pero yo no me como esto por mucho vino que me des antes. Casi se nos caen los cubiertos a todos, por la salida, pero se oyó un profundo suspiro de alivio general, al tiempo que alguien, coincidiendo con las 12 campanadas del reloj, lanzaba, escalofriante, la voz de alarma: ojooooooooooos, gusanoooooooos. Y es que las semillas del malhayado pimiento parecían ojos gelatinosos que desafiaban, manteniendo la mirada, al héroe clásico capaz de hincarles el diente. Y, además, del pino piñonero que crecía al lado del huerto se había colado en algunas de las okras una peluda ristra de “bichopino” (esas orugas punzantes que trepan por los pinos en fila india), y allí estaban, mitad vivas mitad muertas, ajenas al horror de la noche, deslizándose entre los ojos resbaladizos de aquellos exóticos pimientos.
Y ahora que, para regocijo de la niña que fui, la Víspera de todos los Santos se celebra aquí con el mismo desparpajo que en los USA, tiene uno por fin la oportunidad de asistir a alguna de esas cenas -entre pueblerinas y jubilosas- que incluyen en el menú delicatesen tipo: surtidito de lápidas en escabeche. Pero yo no puedo evitar acordarme de aquella noche, y me dan siempre ganas de decirle al camarero o a mis anfitriones, según se tercie: si supieras tú, pobre aprendiz, lo que yo llegué a comer una noche como ésta…


21 oct 2010

Zapatitos de tacón

Otro camafeo más para la colección. Como en otras ocasiones se pueden montar con otros colores de lazo y y adornitos. Esperamos que os guste.

Twitter Update