1 feb. 2011

Ciegos, necios o mala gente

Habla Hermana Mayor.
No sé si es sólo una impresión mía, pero me da que últimamente empiezo a ver a personas muy mayores haciendo trabajos que hasta ahora solían estar destinados a trabajadores jóvenes, estudiantes incluso, que acostumbraban a intercalarlos entre sesión y sesión de biblioteca y horas de clase. La cosa resulta chocante, aunque no queda otra que acostumbrarse, vista la edad a la que vamos a tener que jubilarnos los babyboomers para que nuestra querida clase política (de todas las ideologías) pueda seguir chupando del bote a gusto en este país. Decía que empiezo a ver a personas mayores, por ejemplo, repartiendo publicidad, con holgadas y juveniles sudaderas de buzoneador en colores chillones, ofreciendo un extraño contraste con sus nobles y canas cabezas de patricios. También he visto vetustos canguros de perros, arrastrados por cuadrillas caninas, y cercanos ya a la edad de la jubilación, si no ya bien pasada. A servidora, llenita de prejuicios, no deja de llamarle la atención esta revolución laboral, en la que honorables ancianos hacen el trabajo de los jóvenes, y jóvenes desastrados arrastran su desempleo por las listas del paro, en plan así -digámoslo a lo punqui- no future.


Trasteaba yo hoy con mi bici por donde no debía: unos 20 metros de acerita (bastante poco transitada, diré en mi descargo) que me permiten ahorrarme medio kilometrillo de carril bici mal planteado. Circulaba yo parapetada en mi mala conciencia, con toda la discreción del mundo para no importunar al prójimo y sus derechos, cuando descubrí, unos metros por delante de mí, a una pareja de carteros “categoría sénior” de una empresa de paquetería privada. Tenían por detrás la camaradería de los viejos amigos, y una complicidad que ponía en evidencia los sinsabores que les estaba tocando compartir. No me resultó difícil montarme en mi cabeza la historia de sus desventuras. A pocos años de la jubilación, meses a veces, la empresa quiebra, o cierra, o simplemente decide deshacerse del personal más antiguo, y se ven en la calle abuelos recién estrenados que han sobrepasado holgadamente la sesentena, que no cuentan con ningún subsidio, y que tienen por delante una turbia bolsa de niebla que los separa de la jubilación; gente acostumbrada a su trabajo o su profesión pero que se encuentran en tierra de nadie: demasiado jóvenes para jubilarse, demasiado mayores para encontrar trabajo. Perra vida y perra crisis. Y gracias a Dios que tenemos algo.
Alcancé a la pareja y ellos debieron de oírme porque uno de los dos se giró para asegurarse de mi presencia, y tiró suavemente de la manga del otro para abrirme paso. Cuando pasé por su lado les di las gracias, a lo que ellos respondieron con una sonrisa. Les di las gracias, digo, pero me hubiera gustado bajarme de la bici para darles también un abrazo, para pedirles disculpas como miembro de esta sociedad descolocada por haberlos desplazado de sus trabajos, para solidarizarme con ellos por las malas noches pasadas en los desvelos de la incertidumbre hasta encontrar este trabajo agotador y mal pagado, para ofrecer un apoyo simbólico ante tanto desconcierto, ante esta sociedad desordenada y esta economía de manicomio. Y después, cuando ya se calló la musiquilla de violines, me di de bruces con la toda una batería desafinada de preguntas rabiosas rebotando por dentro de mi casco: ¿qué pensará amparada detrás de las ventanas tintadas de sus coches tanta chusma de políticos, y ex políticos de todas las categorías y colores?, ¿Hacia dónde mirará, para no tener que ver la realidad, toda la cabalgata de vampiros banqueros codiciosos?, ¿dedicaran al producto de tanto desatino suyo al menos un segundo de sus conciencias?, ¿en algún momento sus acorazadas tripas se rebelarán conmovidas por la sombra de un sentimiento? …

O, por decir lo mismo de otra forma, y dedicar un pensamiento a quienes parten el bacalao por estos lares: ¿son éstos ciegos, necios o mala gente?

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