5 ago. 2011

Selecciones del Reader's Digest

Habla Hermana Mayor.
Comparto con un controvertido personaje de Ernesto Sabato una especial predilección por la lectura del Selecciones del Reader’s Digest. No se trata, como en el caso del citado personaje (que no es otro que Fernando Vidal Olmos, de Sobre héroes y tumbas), de un interés coetáneo, de cierta actualidad, sino que es más bien un amor pseudohistórico -si así se le puede llamar- que tiene mucho de romántico y evocador.
Y ya puestos, dicen que los románticos volvían, añorantes, sus ojos al periodo medieval. Soñaban con un pasado de leyenda, en el que caballeros luchaban contra monstruos y daban su vida por honor, por amor, o por promesas y la propia palabra. Resulta que a los colegas del tormentoso Romanticismo les ponían tan nobles majaderías que ya el ilustre Cervantes había escarnecido, una buena pila de añitos antes, a base de trompazos y desatinos de su pobre Don Quijote. Pero lo cierto es que todos tenemos un periodo histórico al que nos gusta volver a lomos de nuestra imaginación, que incluso es consabida referencia en “entrevista en diez preguntas” tipo suplemento dominical (A saber: periodo o hecho histórico que prefieres). Bueno, pues ya que estamos en verano, y no se espera de estos augustos calores agostales mucha enjundia, diré que entre mis épocas prefes, si a alguien le interesa, está el fascinante siglo XX. Porque no se puede desdeñar a la ligera semejante compendio de años, en el que ha habido de todo, mucho más de todo que en el resto de la historia, y, además, mucho más rápido. Pero dentro de este siglo, ya para precisar y puestos a elegir, de verdad de verdad que me vuelven loca los fantásticos cincuenta, es más, rizando el rizo (sin menosprecio a la patria, sino más bien por visión peliculera) podríamos ubicarnos, por su ambiente de sombrero, guerra fría y plexiglás, en los EEUU. Tiene mucho que ver en todo esto el rock and roll, el cine de Hitchcock, algún que otro autor gringo, y, por encima de todo, los maravillosos volúmenes del Selecciones de Reader’s Digest que, compilados y encuadernados por mi abuelo, me acompañaron en los últimos veranos de mi infancia.


En pleno corazón de Extremadura, las chicharras poseen las gargantas (o como se llame eso con lo que ellas canten) más formidables del planeta. O al menos es lo que ha quedado entre los recovecos de mi memoria: un estribillo eterno de chicharras, extendiéndose a medida que crecían las sombras de las encinas, durante las interminables siestas polvorientas del verano en la dehesa. También hay que tener mala sangre (sorry, padre y madre) para meter a un preadolescente un veranito entero entre vacas, bellotas, tórtolas y tomateras, especialmente si a una no le tira la ambientación al estilo “Marlboro Country”. Claro que, en aquellos ochenta uno no miraba tanto (gracias a Dios) por si se le traumatizaba o no el hijo, y a éste le daba después, llegado a la “madurez”, por reventar sucursales de la caja rural, pongamos por caso, a golpe de cencerro y balinazos. Así que mis veranos se repartieron a partes iguales entre la ría de Punta Umbría, y un polvoriento, emeritense encinar centenario hollado por generaciones de antepasados de una servidora. Y resulta, pues, que en el susodicho encinar no había tampoco mucho que hacer, que quedaban pocas opciones de matar el tiempo una vez que habíamos convertido en chocolate el agua del río a base de patear el fondo, nos habíamos dejado picar en toda nuestra anatomía por un manual completo de entomología, habíamos subido a canchos y encinas, embotellado tomate para hacer conservas, trillado altramuces, reventado víboras y calcinado alacranes, cabalgado a lomos de yeguas, mulas y borricos, disparado con arcos y escopeta, y corrido delante de vacas bravas mucho antes de que una leyera a Hemingway. Insisto, además de todo esto, no había mucho que hacer…

Y vinieron los libros, como tantas otras veces, a salvar todo el hastío de mis estíos. Era marrón muy clara y hacía esquina la librería años cuarenta del salón. Junto a la chimenea que, apagada, esperaba la llegada de sus glory days, tras un sillón de “eskay” que tiene que tener pegado ADN de todo un clan. En las dos primeras baldas reposaba toda una colección -ya desaparecida- de volúmenes encuadernados en marrón, con sus letras doradas, que contenían cada uno un año entero de tan cotizadas Selecciones. Abrir aquellos “libros” era entonces como entrar en las fotos de casa de mis abuelos, en las películas más famosas de Hollywood, en una banda -de las de verdad- de rock and roll, en un mundo de cócteles y cinturas imposibles… Podía pasar horas leyendo sus artículos increíbles y fascinantes que te marcaban el camino para ser un triunfador en los negocios si empezabas desde abajo, te desvelaban los secretos de la comunicación entre animales, te alertaban de los efectos nocivos del tabaco (los primeros), te mostraban las excelencias de la vida rural de Utah, te daban consejos sobre cómo organizar fiestas para impresionar a toda la comunidad, te chismorreaban los secretos de secretarias de grandes firmas, te contaban con exactitud cronométrica cómo era el día a día en un hospital canadiense… Podía pasar las horas con la nariz metida en aquellas revistas, leyendo sus artículos, pero tengo que decir que, mucho más que éstos, me atraía la publicidad que se intercalaba entre ellos. Pomada para el pelo (todavía hoy no sé exactamente en qué consiste), endurecedores de uñas, bebidas alcohólicas, publicidad de métodos de musculación, cursos de taquigrafía, mecanografía e incluso esperanto, desodorantes, relojes, crema Nivea, pastillas adelgazantes, cereales, radios, televisiones… todo un universo de maravillas ilustradas, a veces en color, con esa estética tan particular de sonrisas relucientes que hoy llamamos “vintage”.

En estas tardes lentas de verano me falta algo. Un poco de infancia, quizá, perdida, enroscada en los abrojos, pegada a los áridos cardos resecos, aferrada a la sombra de las mismas encinas que seguirán allí cuando aquellas Selecciones sean ya tan valiosas como incunables, y su publicidad, como una pintada en Pompeya, sirva a los historiadores para recrear un siglo lejano y misterioso. De corazón espero que, para entonces, siga rompiendo la tarde el estribillo estival de las chicharras.

1 comentario:

  1. Hay algunos libros que me transportan a la infancia y a lugares muy remotos, me gusta releerlos.
    Estoy de sorteo, http://quienseloqueda.blogspot.com/2011/08/sorteo-mas-de-400.html

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