30 may. 2011

Mi vecino el kamikaze

Habla Hermana Mayor.
No siento un especial entusiasmo por los aviones, como mi querido y santo, que debió ser cóndor, águila, buitre o algo peor en una de sus vidas anteriores, y al que se le llena el alma de regocijo cada vez que pasa un control de aeropuerto camino del embarque. A mí desde luego que no me ocurre esto. Siendo niña, mi padre, buen amigo también del transporte aéreo y piloto por afición, nos llevaba a mi hermana y a mí a hacer algunas horillas de vuelo mientras se estaba sacando su título. Por supuesto que entonces vivíamos la experiencia con cierta novelería, y que nos gustaba a las dos, con el uniforme del colegio y balanceando los pies, instalarnos en el asiento trasero de aquella veterana avioneta cuyo interior parecía el de un seíta, con su tapicería turquesa tan al gusto de la época. Disfrutábamos de lo lindo, aunque después de algunos minutillos ya estábamos hartas de peinar a nuestras Nancis en las alturas y empezábamos a hacer la más temida pregunta que los hijos hacen a sus padres; me refiero a eso de “¿falta mucho?”, sobre todo porque el aeropuerto –se llamaba entonces aeroclub- de Villanubla (donde tenían lugar tan ilustres maniobras) tenía una cafetería en la que nos conocían y solían invitarnos a una fantita. Después, durante un tiempo, y tras un desafortunado vuelo en una línea rusa, tuve bastante animadversión a las aeronaves (en realidad se le puede llamar puro miedo si se quiere decir más clarito), y no me hacía mucha gracia cada vez que tenía que coger una. Y como suele suceder con las etiquetas, aunque haya superado tan desafortunada fobia, me he quedado ya con el sambenito de cagueta-aérea.

Los atentados del 11-S tampoco sirvieron precisamente para ponérselo más fácil a los que son poco aficionados a los aviones. Y no me refiero sólo al rollo que ahora supone pasar un control (los últimos míos me han tocado pasarlos descalcita, que mis botas-taconazo-a-la-última parecían susceptibles de estar llenitas de explosivos, y los zuecos megamonos primavera-verano de nunchakus), sino también al hecho de que la psicosis que la parafernalia de los controles genera, combinada con ciertos prejuicios colectivos, te hacen abrocharte el cinturón de seguridad con una sombrita de duda, tipo ¿y si…?
Pues así, con esa sombrita pero a lo bestia, me senté yo hace algunas semanas en mi asiento, volando de Barcelona a Ámsterdam por cosillas de trabajo. Iba en la última filita, arrinconada y en el sillón del centro, entre la espada y la pared, o lo que es lo mismo, entre mi jefa y un misterioso individuo (tipo ojos en blanco y gesto convulso) al que miré con recelo. Que no me acuse nadie de racista, que no lo soy, sobre todo por convicción histórico-antropológica, porque ser racista en este país de combinados on the rocks me parece un tanto cortito de miras, que quien más y quien menos por estos lares lleva en sus venas al menos tres sangres diferentes, si no más. Dicho esto para salvar mi honor y constatar mi buena fe, póngase el prójimo en mi situación, y piense en qué se puede sentir, así de entrada, al descubrir que el individuo en cuestión tenía en las manos un másbaha (uno de esos “rosarios” con los que los islamistas de religión conducen sus oraciones). En un humillante instante de pánico me vino a la cabeza el flash tipo: ¡Dios mío, suicida habemus!, pero luego, avergonzada de mí misma, me reprendí interiormente por mis propios pensamientos, con el argumento de ¿si el honorable pasajero de al lado fuera un franciscano dándole a un rosario de rosas bien perfumadito de los de toda la vida, me habría asustado igual? La respuesta, claro, era que no. Así que me envolví en mis convicciones de tolerancia y respeto, dije buenos días, y me senté sonriendo. Pero el colega no estaba del todo dispuesto a ponérmelo fácil, y empezó a trastear la herramienta para uno y otro lado, al tiempo que entre dientes salmodiaba un galimatías de difícil comprensión pero fácil interpretación, que no veas el miedo que dan los 99 nombres de Alá recitados de carrerilla. Y puestos a interpretar la situación, resultaba difícil aclararse con una de dos, o mi amigo era un verdadero cagueta-aéreo o yo no iba a volver a escribir ni hacer un collar en mi vida. Y la verdad es que tampoco ayudaba mucho lo de pálido y sudoroso, ni lo de la respiración acelerada, que todo esto lo mismo explicaba lo de gallina que lo de suicida.
Me aventuré entonces a echar un ojo al resto del pasaje, para descubrir que en sus ojos, como en los míos, un velo de pánico nublaba la razón y la concordia. Imaginé por un momento el embarque de mi vecino, cómo lo debían de haber registrado y cacheado, y el acoso habría sufrido antes de subir y sentarse donde ahora estaba. Y así, con el alma dividida entre la empatía y la supervivencia, me planteé qué hacer en una de estas. Pues bien, como una es libre de decidir qué hacer con su corazón y su cerebro si con ello no se ofende ni se hace mal a nadie, se me ocurrió una idea de contraataque al estilo plan-de-emergencia. Me acordé de mi abuela, y del icono bizantino al que tan ocupado tuvo durante toda su vida, especialista en sacarte del apuro en las situaciones más estrafalarias, y me encomendé mentalmente a la Virgen del Perpetuo Socorro. A ver, echados los dioses a pelear, si podemos poner concordia en este Rosario de la Aurora. ¡Toma castaña, cruzada del siglo XXI!

No sé si funcionó o no, pero recibí in situ la primera parte de una buena lección contra los prejuicios. La segunda entrega la tuve en casa, cuando al contar a mi familia mi aventura -todo lo hiperbólicamente orlada de lo que fui capaz- el hijo mayor, en la inocente lucidez de sus nueve años, se echó a reír y me preguntó: ¿eso significa que todo el avión tenía miedo del tío y el tío tenía miedo del avión? Exactamente eso, mi niño, que es la ignorancia la madre de los prejuicios casi siempre. Que el miedo lo sentimos todos, y a la hora de buscar apoyo divino lo hacemos recurriendo a quien nos han enseñado desde niños. Y, por supuesto, que no por ello somos kamikazes.

1 comentario:

  1. Me encanta como escribes, y me siento muy identificada.

    Recuerdo la emoción de mi primer vuelo (yo no tenía papá piloto) con 12 años a Londres. Con los años pasó a ser desidia, fastidio si se me tapaban los oidos, inquietud...creo que no he llegado a la fase pánico, pero no me gusta especialmente viajar en avión.

    Parece que en vez de acostumbrarse una experimenta el efecto contrario.

    Y también sé lo muy arraigados que tenemos los prejuicios, aunque pensemos que no, que nos hemos librado de la islamofobia imperante e inculcada a sangre y a fuego desde...iba a decir el 11S, pero posiblemente desde antes de 1492.

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