3 abr. 2012

Brodsky y la catequesis

Habla Hermana Mayor.
Mi hijo mayor, con sus diez añitos, está haciendo un máster en Teología. O al menos es lo que parece, después de dos años de catequesis preparando su Primera Comunión.
Dicen sus guías espirituales que es lo que procede, pero a mí -que la hice precisamente en aquellos años oscuros en los que bastaba con un par de mesecitos y un catecismo de pastas naranja- no deja de parecerme una barbaridad. Pero claro, al Obispo de Roma mi opinión parece no preocuparle mucho, así que ahí estamos todos los martes, al pie del cañón, arrastrando el maletín amarillo con rumbo a nuestra catequesis.
Resulta que, como ahora todo se hace a golpe de formación e información, el Padre Pablo ha decidido ponernos deberes a la familia. Por supuesto que estos deberes son voluntarios, pero la cosa es que regalan una pegatina sonriente a los niños cuyas familias han trabajado en casa, y ante esa perspectiva... En fin, el caso es que como debo de ser uno de los pocos miembros de este clan que no practica un ateísmo militante, me toca a mí estrujar la parte espiritual de mi cerebro para poder hacer mi pequeña aportación que, a modo de comentario, se espera de esta familia hebdomadariamente. Pues bien, el último texto que me dio mi hijo a comentar me trajo a la memoria un bellísimo poema de Joseph Brodsky que contiene algunos de los versos más hermosos que he tenido la fortuna de leer. Como llevan unos días rebotando por los rincones de mi cabeza y de mi alma, se me ha ocurrido dejarlos aquí, para que algunos puedan también disfrutar de ellos. La delicada traducción es de Amaya Lacasa y Ramón Buenaventura. Y a mí me vuelven loca esos dos versos -en estas tierras llanas el corazón evita / la falsedad por falta de escondrijos (...)- que invitan a una verdad condicionada a la geografía.


Nací en los pantanos del Báltico y allí fui creciendo
junto a las olas grises como el zinc, apareadas siempre:
de ahí todas mis rimas y esta voz tan opaca,
que brota de entre ellas como un pelo mojado,
si es que llega a brotar. Apoyado en el codo,
no distingue la escucha los sonidos del mar,
sino de telas de ventanas, de palmear, de la tetera
que hierve en el fogón... Las gaviotas, en todo caso.
En estas tierras llanas el corazón evita
la falsedad por falta de escondrijos. Se vislumbra
muy a lo lejos todo. El sonido se queja del espacio,
pero el ojo jamás echa en falta los ecos.


Y bueno, para los que creían que ya había terminado tengo un poco más de pasteleo poético por aquí, pues bicheando encontré otra traducción, quizá más hermética, pero que tampoco me disgusta, que es de Ricardo San Vicente. Elijan ustedes.

He nacido y crecido en las ciénagas bálticas, al amor
de las olas de zinc, que siempre revientan a pares,
y es de aquí que provienen las rimas, y de aquí, la voz apagada
que se trenza entre ellas como el pelo mojado
si es que aquélla se llega a trenzar. Apoyado en el codo,
no distingue el oído el fragor de la roca,
sino el choque de telas, postigos y palmas,
anota teteras que hierven, a lo sumo el gritar de gaviotas.
El alma, en tan llana región, se salva de falsos manejos
por no haber un rincón que te oculte y se ve aún más lejos.
Solamente al sonido el espacio es opaco,
pues el ojo no ha de llorar por la falta de eco.

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